Todo el día he tenido problemas para entrar a mi cuenta de correos de Google al parecer está fallando el servidor donde está mi cuenta, porque a otra diferente puedo entrar perfectamente. ¿Que pasaría si el servidor de Google donde están mis datos se borrara?,
no mucho, desaparecerían más de 1.300 entradas de este Templo del Ocio, perdería mi libreta de direcciones con los correos de casi 3.000 personas, unas 2.500 fotos que tengo en Picassa también desaparecerían, lo mismo que todos mis Knol, ah y los otros 12 blog que tengo.
Antes pensaba que si me metieran preso estaría feliz, todo el día tirado sin hacer nada, ahora sin Internet ya no lo disfrutaría tanto, de acuerdo a Diogenes soy más pobre que antes, porque tengo una nueva necesidad. Que curioso esto de la persistencia de la información, debo haber tenido unos 10 o más veces que por fallas de disco duro o de otro tipo he perdido toda la información de un equipo, el sentimiento es como cuando a uno se le incendia la casa: miles de fotografías que no volveré a ver, proyectos, programas, documentos. Igual que cuando se incendia la casa, y me ha pasado varias veces.
Algo muy extraño ocurrió la semana pasada cuando una de las grandes cadenas de farmacias se autoinculpó, por razones que nadie se explica, en haber coludido sus precios con las otras tres grandes cadenas. Esto dio pie para que el gobierno expresara su "indignación" y ahora viene un rally mediatico de fiscalizaciones junto con una campaña contra las grandes cadenas. Me recuerda al Caso Spiniak, es muy parecido por los recursos que está destinando la presidencia para mantener el asunto en vitrina, creo que es una operación política similar, más mediocre en sus alcances, tal como corresponde al mediocre equipo de gobierno que nos tocó en suerte. Too much ado about nothing.
Que mala es la cocina chilena, tenemos buenos ingredientes -sobre todo en productos del mar- pero una pésima cocina, los platos populares son una porquería, además que no creo que haya uno solo original, yo pensaba que el charquican era típicamente chileno, cuando lo dije en Tacna casi me pegan. La paila marina, el curanto, las empanadas, son todos variantes de comidas que existen en cualquier parte de América Latina, de la comida casera ni hablar, los horroroso guisos de verdura o de mote con que mi querida suegra me tortura a lo menos dos veces por semana o los desabridos porotos con riendas, puede que sean sanos pero en el mejor de los casos son desabridos cuando no asquerosos de solo mirarlos.
Como somos snob y copiones estamos repletos de restaurantes peruanos, chinos, vietnamitas, españoles, italianos, ingleses, franceses, alemanes, japoneses, argentinos, tailandeses. Nos creemos cosmopolitas pero somos simplemente copiones, los restaurantes chilenos ofrecen delikatessen como las parrilladas de la Cuca: carne congelada, precocida y recalentada en un falso brasero de greda, esa es nuestra máxima expresión gourmet. A la mayoría de los chilenos nos gusta creernos gente de mundo, viajados, de esos que se quiebran "cuando andaba en Kioto me aficioné al sake", como estamos lejos de todo el mundo, haber viajado es un símbolo de status. Son pocos acá los que se enorgullecen de no haberse movido del lugar donde nacieron.
Es chistoso como el esnobismo va cambiando: cuando yo era chico el plato gourmet era un pollo dorado, que servían en un canasto con papas fritas, había un famoso restaurant que se llamaba "El Pollo Dorado" que era donde iba la gente cuando querían dárselas de refinado. Claro que en esos años los pollos eran de chacra y por lo mismo mucho más caros que ahora.
Pasaron los años y la cosa cambió al "filet mignon", aunque los más pisiuticos lo pedían "a la pimienta", durante algunos años ese era casi el único plato que se vendía en la mayoría de los restaurantes de Chile. Luego comenzó la moda por los pescados y mariscos, que antes se consideraban comida de rotos, entonces todos los piojos resucitados aprendimos a pedir corvina grillé, o a la plancha con mantequilla negra, y para quebrarse las pedíamos con "papitas provenzal", la comida en Chile siempre fue un medio para presumir más que una verdadera aficción, por eso nuestra cocina es tan mala, refleja que más que comer, nos gusta quebrarnos y mostrar que hemos viajado o que somos -de alguna manera- sofisticados.
Debe haber sido a mediados de los ochenta, cuando dejamos de ser un país de muertos de hambre -no hay que olvidar que en los setentas un buen médico o un abogado tenían su citroneta, o a lo más un Fiat 600- y aparecieron los cuescos cabrera, ingenieros comerciales humildes de origen pero con harta plata en el bolsillo, al principio muy pocos viajaban y eran los que dictaban la moda, era una competencia por quien traía los gustos más extraños, y los chilenitos entonces, con la carga del 90% de genética mapuche a cuestas hacíamos lo posible por borrarla pretendiendo ser ciudadanos del mundo.
No se ha hablado mucho de este cambio violento desde el jabón Gringo al Camay en muy pocos años, desde el pollo dorado a la carne de buey de Kobe, de la Cristal a la Tripel Karmeliet. Chile nunca tuvo la autenticidad de la comida criolla como el Perú, Colombia o Venezuela, tampoco tuvo la bendición de la carne como Argentina, otro país sin cocina pero al menos con un ingrediente excepcional. Pero el buen Dios no nos podía abandonar completamente porque nos dió buenos vinos, podremos pasar hambre pero sed jamás, una botella del rango de US$ 2-3, como el 120 o el Exportación se la vuela a cualquier vino equivalente de nuestros vecinos gourmet, si es que tienen.
En fin, estaba pensando que me deparará la suerte para el almuerzo de mañana, a ver, como es domingo será un moderado bistec con un montón de ensalada rusa, Miren si somos copiones, ni siquiera ensalada chilena prepara mi suegra.