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13 octubre 2011

Vivan los transgénicos

Un comentario del doctor Renato Aguirre me trajo a la memoria el tomate carmelo, que comíamos en los años 80 cuando empezó el auge de los tomates en el Valle de Azapa. En esos años las hectáreas cultivables eran bien limitadas porque se regaba con el sistema de acequias y yo, que estudiaba electrónica, soñaba con hacerme millonario instalando un sistema de riego por goteo, como los que estaban empezando a aparecer en Israel. Ese iba a ser el tema de mi memoria para titularme.

Pero yo no era el único loco, don Hugo Mozó, que entonces era dueño de la mitad de las hectáreas del valle, se embarcó en traer equipos de riego tecnificado con un crédito del Banco del Estado, creo que fue como un millón de dólares, una cifra enorme en esos tiempos. Y perdió hasta la camisa porque su idea estaba adelantada a los tiempos.

Los equipos de riego por goteo entonces costaban una fortuna porque -a la manera israelí, subsidiada por el estado- consistían en enormes piscinas de concreto, filtros, bombas y un elaborado sistema de control automático que regulaba no solo los flujos de agua gota a gota, sino que también las mezclas exactas de pesticidas y abonos.

Después del fracaso de don Hugo, durante un tiempo nadie quiso escuchar del riego tecnificado, hasta que llegaron los inventos peruanos mucho más primitivos, baratos e igualmente efectivos: con piscinas australianas, que eran solo un hoyo forrado con PVC y manqueras con goteros de bajo precio. No había ningún sistema de dosificación de pesticidas ni abonos, estos se aplicaban a granel como en los viejos tiempos. Es el sistema que se ocupa hasta hoy y que ha multiplicado el número de hectáreas cultivadas.

Pero ya estoy divagando, quería escribir algo sobre el tomate carmelo que se cultivaba en esos años. Era bastante grande jugoso de mucha carne y cáscara gruesa, casi dulce... y en una semana estaba podrido por esas mismas características, así es que si no se vendía rápido había que botarlo. Recuerdo las montañas de tomates botados en Azapa porque se habían pasado, o como los agricultores regalaban los tomates a punto de pasarse que no podían vender. Yo me alimenté los primeros años de la universidad de esos tomates, de lunes a lunes.

Eran exquisitos, pero tenían sus defectos. Por ejemplo su gruesa cáscara estaba cubierta del Malathion, el insecticida que tiraba una avioneta dos veces al día durante la campaña de la mosca de la fruta. Record de ariqueños muertos de cáncer gracias a esa campaña, solo nos salvamos los más malos, como siempre.

La cosa es que hace pocos días una amiga me agregó en un grupo Facebook "no a los transgénicos", yo le dije que los transgénicos me parecían maravillosos y espero que no se haya enojado, pero es la pura verdad. Es increíble la cantidad de ignorancia y mitos que hablan sobre los productos genéticamente modificados.

El tomate que hoy comemos es el larga vida, más chico, menos jugoso, menos pulpa y con menos sabor, pero fácil puede durar un par de meses sin podrirse, tengo a la mano un interesante artículo de Pilar Mazuela donde dice que proviene de una semilla llamada "Daniela" o "Rocky" de la semillera Hazera y que debe su atributo de larga vida al gen "rin" y "nor" que tienen su origen en un pez. De allí el mito -falso- que los tomates "tienen sabor a pescado".

Hazera Genetics es un productor israelí líder de semillas modificadas genéticamente, dicen que sus semillas dan las mejores hortalizas del mundo hasta el momento, pero le está saliendo competencia. En el Valle de Lluta un grupo de agricultores ya está probando la variedad "Sabor" desarrollada por Monsanto y Sysgenta (ambas semilleras tienen laboratorios en los valles de Arica) que promete un producto de mejor sabor, resistente a los suelos y aguas de alta salinidad y sobre todo una producción más limpia, con menos pèsticidas y abono.

Todo lo que se dice acerca de los "peligros" de los alimentos modificados genéticamente es ignorancia, muchísimo más peligrosos son los cultivos tradicionales que tienen menos eficiencia y necesitan toneladas de fertilizantes y pesticidas que terminamos comiendo nosotros mismos o tomándolos del agua que consumimos. Los transgénicos son un avance gigantesco y los beneficios son enormes comparados con los hipotéticos riesgos.

En cien años más, cuando los cultivos tradicionales estén prácticamente desaparecidos la gente recordará con horror la cantidad de veneno que comíamos y bebíamos en el agua todos los días en forma de fertilizantes y pesticidas. Claro que los transgénicos tienen el problema de las patentes, común a los medicamentos y tantas otras cosas derivadas de los avances tecnológicos, pero ese es un problema político, no de salud como los ambientalistas pretenden presentar.

Así es que esperen nomás porque ya tendremos un nuevo tomáte Carmelo, más rico, más sano y que durará más tiempo. ¡Vivan los transgénicos! gracias a ellos podremos volver a comer una marraqueta con tomate jugoso, casi dulce, ajo y queso. Yo me alimenté durante años de eso y comí algunas toneladas de insecticida, sin pesticidas será mucho mejor.