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14 enero 2010

El maestro de Kung-Fu



Ayer me junté con un amigo que andaba con sus hijos y cada 5 minutos les daba un consejo, me daba mucha risa, como el verdadero maestro de Kung-Fu, le faltaban los puros ojos blancos. Es una actitud que he visto muchas veces y me llama la atención ver esos padres que juegan el papel de gurú con sus hijos sin darse cuenta de las malas consecuencias que eso puede tener.

Yo creo que hasta los 8 o 10 años uno puede jugar al sabio con los hijos, después debe morderse la lengua, quedarse callado, espaciar cada vez más los consejos dejándolos solo para lo que uno considera muy importante. Y sobre todo no preocuparse si le hacen caso o no. La razón de esto es simple: los consejos pueden estar equivocados, de hecho casi siempre están equivocados. No es raro que un padre fracasado llene de consejos a sus hijos sobre como triunfar en la vida, o que uno inmoral le de siempre consejos de moralidad y buenas costumbres. Es una proyección psicológica bien común.

Entonces pueden pasar dos cosas: o el hijo se da cuenta de que, en realidad, lo que le están diciendo no vale nada, o bien se la cree, compra todo lo que le dicen y tendrá a su papá-ídolo, para darse cuenta, muchos años después que estaba todo mal. A veces es peor porque el hijo llega a viejo sin darse cuenta que todo lo que le enseñaron era basura, entonces repetirá "mi padre me enseñó que..." y se equivocará una y otra vez sin darse cuenta por que, buscará justificaciones en terceros y vivirá siempre resentido contra los que -según él- tienen la culpa de su mala vida. El papá-gurú puede hacer muchísimo daño sin darse cuenta.

Es un problema de ego, no hay sensación más rica que mostrar sabiduría con un niño de 7 o 10 años, sentirse un pequeño dios es delicioso y cuando el niño es chico puede ser muy útil, el problema es cuando esa manipulación se extiende en el tiempo. El papá-ídolo es un asunto de egolatría bien serio, en algún momento hay que matar al padre y mientras más temprano mejor. Hay muchas razones que justifican esta necesidad de desprendimiento, la principal es que al llegar a la adolescencia, el padre es normalmente igual o más tonto que el hijo, pero hay otra que es todavía más importante: las decisiones de la vida son en su mayoría inciertas, no hay recetas ni estrategias ganadoras y cuando el padre trata de dar sus recetas para el éxito simplemente está castrando al hijo, además que lo acostumbra desde chico a echarle la culpa a otro por sus inevitables fracasos.

En fin, anoche nos juntamos con Lilian y Mila a tomar una cerveza y pasamos un muy buen rato a la manera ariqueña: haciendo nada y hablando cabezas de pescado, eso si que es vida. Mejor me voy a preparar el power point para torturar a los pobres alumnos el próximo marzo, las cosas desagradables hay que hacerlas con tiempo.